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El yeti tomando una taza de cacao, por Gabriel Gómez.


Texto original. Realizado en un reto de escritura, con las palabras de inspiración: buzón, cacao, cúpula, estribo, Yeti, tejer. E imaginario de los siglos XX-XXI.


Volvió a mirar y el Yeti aún seguía allí. Le había atraído hacia el lugar con un poco de cacao.

La verdad es que la historia era curiosa. Ella había ido tras la pista del Yeti una larga temporada. Había acampado en picos nevados, bajado a las plantaciones, había convivido con sus gentes. Se había ganado un hueco en los reclusivos templos. Y había aprendido muchas cosas. Sus estudios de antropología le habían reportado un buen puesto. Pero no había encontrado al Yeti. Se iba sin una pista.

Hizo las maletas y se volvió a su casa en Uppsala. La sorpresa fue cuando al llegar y mirar el buzón vio que había una carta extraña. No tenía remitente por lo que no sabía de quién era ni se explicaba cómo había llegado allí. Cuando la leyó, no pudo creer lo que veía. Su interlocutor aseguraba en la carta que sabía donde se encontraba el Yeti. Pero pedía verla en Bangladesh. A medio mundo de distancia.

Después de hablar con algunos familiares y amigos, Karen lo arregló todo de manera que pudiera irse lo más pronto posible a su nuevo destino. No podía dejarlo así ahora que ya estaba habituada a la búsqueda y perder la oportunidad.

Cuando llegó al aeropuerto más cercano, había alguien esperándola. Esto la inquietó.

—¿Qué haces aquí y por qué me sigues?
—Estoy aquí para hacer negocios con usted, señora Gunnarsson. Pero mejor vayamos a un lugar más tranquilo a hablar de este asunto. ¿Me hace el favor de acompañarme?
Karen se encontraba confusa. Un señor de aspecto indio y bien arreglado parecía conocerla de antes.
—¿Cómo sé que me puedo fiar de usted?
—Soy el único que ha ido a buscarla ¿no?

Fue un largo viaje en coche. Karen no consiguió relajarse en todo el viaje hasta que llegaron a una villa señorial.

—Ahora que ya estamos acomodados me gustaría preguntarle. ¿Descubrió algo acerca del Yeti?
—No, no descubrí nada. Y aunque lo hubiera hecho, aún no se si fiarme de usted.
—Bueno. Para que vea que soy de fiar le voy a dar un dato que le va a ser muy útil para localizar al Yeti. Al Yeti le encanta el cacao. Sienten pasión por una bebida de chocolate amargo preparado de manera ritual desde hace siglos. Por suerte para usted, sé donde se prepara ese cacao. Si acepta el trato que le voy a proponer a continuación no tendré inconveniente en darle un termo lleno de este cacao.
—¿Y qué trato es este?
—Tiene que traerme pelo de Yeti. Suficiente pelo como para hacer una prenda amplia una vez tejido. Usted puede hacer lo que quiera con el Yeti.—¿Y qué pretende hacer con ese pelo? ¿para qué lo necesita?
—Ya le he dicho. Para hacer una prenda. No le interesa saber más. ¿Acepta el trato?

Karen estuvo pensándolo durante un buen rato. Podría aceptar esta pista y volver al Tíbet a probar suerte o volverse a Uppsala sin nada y olvidar el asunto.

—De acuerdo. Pero el Yeti no es asunto suyo. Déme ese cacao y todo lo que vaya a necesitar en el viaje.

Karen descansó en la villa ese día. Y al día siguiente cogió un vuelo qué ya habían reservado para ella en previsión de que aceptaría.

En el avión vio una conferencia sobre diferentes tribus americanas, leyó un libro y charló brevemente con su compañero de asiento hasta que llegaron. Cuando desembarcó cogió un autobús hacía una ciudad próxima y se internó en el Tíbet.

La primera vez que durmió en el Tíbet soñó que se despertaba en una gruta y que allí estaba el Yeti. Sucedió más adelante de nuevo. Pero se despertaba antes de reconocer nada. En otra ocasión reconoció el símbolo de un templo en el que ella había estado en su anterior expedición y partió para allí.

Cuando llegó al templo, los monjes la reconocieron. Les traía una ofrenda de incienso. Y él monje que cogió el incienso se alegró de verla.

—Siéntate aquí con nosotros.
—No, por favor. No quiero alterar vuestra calma. Estaba de paso.
—Estás de paso. Pero no hacía dónde tú crees.
—Bueno. Me tomaré un descanso.

Y Karen se sentó con los monjes. Estaban meditando y se podía sentir la tranquilidad. Al cabo de un rato Karen sintió una sensación de calma distinta. Difícil de describir. Estaba consciente y parecía como si pudiera manejar conceptos en un mapa mental con solo tocarlos. Vio pistas en su mente, mapas y relatos de los lugareños y los relacionó. Eran retazos, detalles aquí y allá. Cosas que se le habían pasado inadvertidas antes. Y llegó a la conclusión de que el Yeti estaba a menos de un kilómetro de este templo. Y los monjes guardaban su secreto.

Karen abrió los ojos y se levantó. El monje que había hablado con ella antes también lo hizo.

—¡Vosotros occidentales, siempre tan utilitarios! Cuídate Karen. No quiero que te pase nada malo.
—Gracias. No me pasará nada.

Karen saludó al resto de monjes que estaban reunidos ahí y se despidió de ellos. Se puso a caminar hacia donde pensaba que estaba el Yeti. Y no apareció. Torció en otra dirección y tampoco. Eligió varias direcciones más y nada. Se paró.

«Creía estar segura que el Yeti estaba a menos de un kilómetro del templo. Pero no puede estar por esta zona. No hay donde esconderse. He explorado todos los alrededores del templo y tendría que estar más lejos si quiere esconderse. Voy a preguntarles a los monjes donde está».

Karen tocó a las puertas del templo pero nadie abrió. Volvió a llamar y nada. No parecían oír el picaporte.

Entonces decidió sacar el cacao de su mochila. El termo seguía caliente y decidió abrirlo para saborear un poco. Sabía que el chocolate amargo natural no sabía bien. Tenía esa textura arenosa de grano molido que recordaba.

Antes de guardar el cacao, el pestillo de la puerta del templo cedió y la puerta se abrió. Karen entró pero no vió a nadie. Estaba desierto. Fue a uno de los patios interiores. Y en un cuenco que había vertió un poco de cacao. Y se fue a explorar el templo. Tenía bastantes habitaciones. Karen se tomó su tiempo. Pero aún así no encontró a nadie. Parecía que se habían esfumado.

Cansada, Karen decidió volverse. Pero cuando pasó por el patio allí lo vió. Le había atraído hacía el lugar con un poco de cacao. El Yeti la vio a ella y siguió bebiendo él cacao hasta que se lo acabó.

—Ungggh gunh gun ung —dijo el Yeti.
—¿De verdad eres el Yeti? —dijo Karen boquiabierta y con cierto miedo.
—Ungg gung —dijo.

La verdad es que parecía un gigante bonachón. Peludo por todo el cuerpo excepto las palmas de las manos y pies y cara. Karen no cabía en sí de asombro:

—¿De verdad? ¿de verdad eres el Yeti? He encontrado al Yeti. ¿Y ahora qué hago contigo?
—Gunghunghg.
—No te entiendo. ¿Sabes malayo? ¿chino?
«No. No conozco ninguno de esos idiomas. Pero esa bebida mágica ha renovado mis fuerzas».
—¿Qué? ¿Por qué te oigo en mi mente? ¿Te das cuenta del descubrimiento?
«La planta de la cual se hace esa bebida también existe en mi planeta. Y me revitaliza cuando la tomo. Mientras, tengo que internarme en un estado de reposo para no agotar mis fuerzas. Estos monjes me han ayudado mucho».
—Fascinante.
«¿Quieres algo de mí?».
—Me gustaría que me dieras tu pelo. Me han dicho que con él se puede tejer una ropa maravillosa.
«Te han informado bien. Mi pelo tiene unas propiedades de protección de la vida que algunos buscan. Pero no pienso quedarme aquí por mucho tiempo. Tengo que conseguir más bebida e irme de aquí».
—Yo tengo más de esa bebida. Aquí la llamamos cacao.
«¿Y me darías el resto? Como agradecimiento puedo mandarte a ti a cualquier sitio».
—Uppsala será suficiente.


Criaturas: Yeti.
Espacios Planares: Tierra Neshl.
Substancias: Cacao. Pelo de Yeti.
Individuos: Karen Gunnarsson.


Nota I: La primera frase es una referencia al relato de Augusto Monterroso, "El dinosaurio".

"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".


Texto: Avengium.
Imagen: Gabriel Gómez. Imagen original aquí → Yeti, de Gabriel Gómez (deviantart). Imagen en tamaño completo aquí → Yeti, de Gabriel Gómez (imagen).

©Avengium ©Gabriel Gómez