H no se movió de su escondrijo entre los arbustos a pesar de que se le empezaban a clavar molestas espinas en la espalda.

Llevaba largo rato contemplando al caballero de plata. Su peculiar armadura (decorada profusamente con grabados de batallas y conquistas acontecidos centenares de años atrás), aparentaba estar hecha de una sola pieza. Su forma también era especial: parecía estar dentro de un destelleante cilindro y cuando se movía lo hacía siempre con movimientos rígidos y bruscos. 
Sin embargo, desde poco después de llegar H a la colina, el caballero de plata había estado totalmente inmóvil, con la cabeza levantada hacia lo alto, observando el cielo fijamente desde la parte más alta de la colina. Miraba por encima de la inmensa bandada de cisnes tristes, incluso por encima del arco negro, a la luna.

H tenía ya las piernas entumecidas cuando apareció al pie de la colina el anciano Ý. Le llamó suavemente, para evitar que el caballero de plata se diera cuenta de su presencia.

Cuando Ý llegó a su altura H lo abordó y, contento de salir de su escondite, le saludó y luego le preguntó apresuradamente:
—¿Por qué el caballero de plata mira durante tanto rato a la esfera del cielo?
A lo que Ý contestó rápidamente:
—¿Por qué los cisnes tristes vuelan todas las noches sobre el cielo?
—Te he hecho una pregunta.
—Yo a ti otra. Responde.
H miró con cansancio varios segundos a Ý, pero respondió: 
—Porque siguen el arco negro, para evitar que descienda sobre nosotros y nos aniquile.
—Sí, así es. ¿Y cómo se creó el arco negro?
H cogió aire y recitó de memoria:
—La ignorancia, la superstición, la mentira y el engaño crecieron tanto en los corazones de los hombres que la maldad del ser humano se desbordó, se alzó sobre la tierra y creó el arco negro. —H se detuvo un momento y luego miró a Ý—. Pero anciano, esto ya lo sé, lo dicen continuamente en la escuela.
—Y qué razón tienen, qué razón tienen... —murmuró Ý.
Ý cruzó los delicados dedos de sus manos y recogiendo su túnica, se sentó en el suelo. 
—Voy a contarte una historia —dijo―. La "esfera del cielo" como tú la llamas, era conocida hace mucho tiempo con el nombre de "luna" y fue el caballero de plata el que hizo posible que la podamos volver a ver sobre nuestras cabezas.

«El caballero de plata fue y es uno de los mayores guerreros de estas tierras: luchó contra cientos de monstruos y bestias, e incluso logró expulsar a las sectas religiosas y a los sacerdotes de la región, algo realmente beneficioso y que todos esperábamos para evitar que el arco negro ganara más poder. 
Siempre le han recriminado que sea amigo de los vampiros y que tenga como aliados a los Lobos Negros, pero su sentido del deber está fuera de toda duda y siempre ha ayudado a los más débiles y protegido estas tierras. Un día, juró que devolvería a los cielos el aspecto que tenían antes. 
Para asegurar el cumplimiento de su juramento forjó él mismo una armadura de plata y se vistió con ella. Hizo tan bien la armadura, que se pegaba a su cuerpo como si fuera una segunda piel. 
Conforme fueron teniendo éxito sus batallas contra los enfermizos seres creados por las supersticiones y religiones que se habían apropiado del mundo, decidió añadir capa tras capa de plata a su armadura, conmemorando cada victoria.
El caballero de plata sabe cuanto tiempo le queda de vida (aunque quizás debería decir los caballeros de plata). 
Cada batalla, cada victoria, también era un recordatorio de que el tiempo se acababa, las celebraciones eran cada vez más vacías y el final estaba más cerca: cada capa añadida de plata a su armadura le dificultaba un poco más los movimientos, recordándole la urgencia de su misión. Poco antes de su muerte, legó su armadura al que sería el siguiente caballero de plata. Gracias a la armadura, cada uno de los múltiples caballeros de plata sucesivos recuerda íntegros los recuerdos de sus antecesores. El peso se va haciendo cada vez más grande, pero los caballeros de plata nunca desfallecen. Sin embargo, pronto podemos perder la única victoria real conseguida: la luz de la luna podría cegarse de nuevo. Por eso el caballero de plata mira tan fijamente el cielo».


Y allí, en lo alto de la colina y contemplando al último caballero de plata y escuchando las sabias palabras de ÝH pudo ver con claridad lo cerca que estaba el vacío de llevarse todo consigo, destruyendo completamente el mundo. Juró, como hacía tanto tiempo habían jurado muchos otros, que haría lo que fuera por ver cumplido el sueño del caballero de plata.